La convivencia escolar no se construye solo dentro del centro educativo. También está influida por los mensajes que circulan en la sociedad, en los medios, en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas que niños, niñas y adolescentes escuchan en casa o en su entorno. Cuando esos mensajes transmiten desconfianza, rechazo o estereotipos sobre las personas migrantes, extranjeras o culturalmente diversas, existe el riesgo de que esos prejuicios terminen reproduciéndose en el aula.
En Canarias, esta cuestión requiere una mirada especialmente atenta. La realidad migratoria del archipiélago forma parte del contexto social y mediático de manera constante, y eso puede impactar en la forma en que algunos menores perciben a sus compañeros y compañeras. En este escenario, determinados estudiantes pueden convertirse en blanco de burlas, exclusión, insultos o humillaciones por su color de piel, su acento, su nacionalidad, su cultura familiar, su religión o, simplemente, por ser identificados como diferentes.
Abordar este problema no significa llevar el debate político a la escuela, sino proteger la convivencia. Cuando un niño o una niña es rechazado por su origen o por la imagen que otros proyectan sobre él o ella, ya no estamos ante una simple diferencia entre iguales, sino ante una forma de violencia que afecta a su dignidad, a su bienestar emocional y a su derecho a aprender en un entorno seguro.
La diversidad no genera acoso; lo generan los prejuicios que se aprenden, se repiten y se normalizan.
Comprender el problema: cuando el prejuicio se convierte en acoso
El acoso escolar por motivos de origen, etnia, religión o identidad cultural se produce cuando un menor sufre conductas repetidas de humillación, rechazo, intimidación o agresión relacionadas con quién es, de dónde viene o cómo es percibido por los demás. En muchos casos, la víctima ni siquiera necesita haber nacido en otro país o pertenecer a una minoría religiosa concreta: basta con que otros la etiqueten como distinta para convertirla en objetivo.
Estas situaciones pueden afectar a alumnado migrante, hijos e hijas de familias migrantes, menores racializados, alumnado gitano, estudiantes con acentos distintos, niños y niñas pertenecientes a minorías religiosas o culturales, así como a quienes son asociados de forma estereotipada con determinados grupos sociales.
No siempre se trata de un rechazo abierto. A veces empieza con gestos o comentarios que muchos adultos podrían considerar menores, pero que, al repetirse, terminan fijando una dinámica de humillación: no querer sentarse con un compañero, ridiculizar su comida, burlarse del idioma que habla con su familia, hacer comentarios despectivos sobre su ropa o su religión, atribuirle estereotipos negativos o convertirlo en objeto de sospecha y exclusión.
El acoso discriminatorio puede empezar con comentarios que muchos adultos minimizan, pero que para el menor significan humillación, miedo y aislamiento.
El contexto canario: una realidad que también entra en la escuela
Canarias vive una realidad social marcada por la movilidad humana, la diversidad cultural y la presencia constante del fenómeno migratorio en el debate público. Cuando los menores crecen escuchando mensajes negativos sobre las personas inmigrantes o racializadas, pueden trasladar esas ideas al ámbito escolar sin comprender plenamente su impacto.
El riesgo es claro: que algunos niños, niñas y adolescentes repitan estereotipos y discursos de rechazo contra compañeros y compañeras a quienes identifican como extranjeros, africanos, musulmanes, de fuera o simplemente distintos a la mayoría. En esos casos, la escuela no solo debe intervenir ante la conducta de acoso, sino también trabajar el prejuicio que la sostiene.
Conviene recordar que el alumnado no actúa en el vacío. Los menores observan, imitan y reproducen mensajes que circulan en su entorno. Por eso, la prevención del acoso en Canarias necesita tener en cuenta el impacto que pueden tener los discursos sociales hostiles hacia la migración, la diferencia cultural y la diversidad racial.
Cómo se manifiesta este tipo de acoso en el entorno escolar
El acoso por origen, etnia, religión o cultura puede adoptar formas muy variadas, algunas muy visibles y otras más sutiles. Entre las manifestaciones más frecuentes se encuentran:
Insultos, motes y burlas
Comentarios sobre el color de piel, el acento, el país de procedencia, la religión, la forma de vestir o la cultura familiar. A esto se suman apodos despectivos, imitaciones ofensivas y chistes repetidos que terminan degradando a la víctima.
Aislamiento social
Excluir a un compañero de los juegos, los grupos de trabajo, de las actividades o de los círculos de amistad por considerarlo diferente, raro o de fuera.

Estereotipos y sospechas injustificadas
Atribuir a un niño o una niña comportamientos, capacidades o intenciones en función de su origen o de prejuicios culturales. Esto suele traducirse en rechazo, vigilancia excesiva o trato desigual.
Agresiones sobre símbolos culturales o religiosos
Ridiculizar, tocar, quitar o dañar prendas, accesorios o elementos vinculados a la identidad del menor, como pañuelos, turbantes, kipás u otros símbolos visibles.
Ciberacoso con componente racista o xenófobo
Difundir memes, mensajes, insultos, audios, vídeos o publicaciones ofensivas en redes sociales, chats o plataformas digitales con contenido discriminatorio.
No todo el acoso deja moratones visibles. Muchas veces deja silencio, miedo, vergüenza y una profunda sensación de no encajar.
Señales de alerta que no deben ignorarse
Las víctimas de este tipo de acoso no siempre verbalizan lo que están viviendo, especialmente si temen que nadie las crea, si sienten vergüenza o si han llegado a normalizar el maltrato. Por eso, familias, docentes y profesionales deben estar atentos a señales como:
- rechazo repentino a ir al centro educativo
- cambios de humor, irritabilidad o tristeza persistente
- aislamiento social o pérdida de amistades
- descenso del rendimiento académico
- quejas físicas recurrentes sin causa médica clara
- miedo a participar en clase o en actividades grupales
- rechazo a mostrar elementos de identidad cultural o religiosa
- deseo de cambiar la forma de hablar, vestir o comportarse para “pasar desapercibido”
Cuando un menor empieza a ocultar quién es para evitar ser atacado, el daño ya es significativo.
Por qué este acoso es especialmente dañino
El acoso basado en el origen o la identidad no afecta solo a la convivencia puntual entre iguales. Incide directamente en la autoestima, en el sentido de pertenencia y en la seguridad personal. El menor no siente que se le rechaza por algo que hizo, sino por lo que es o por lo que representa a ojos de otros.
Este tipo de violencia puede provocar consecuencias emocionales y educativas de gran alcance: ansiedad, estrés, somatización, retraimiento, miedo, pérdida de confianza, dificultades de aprendizaje, absentismo y deterioro del vínculo con la escuela. Además, puede producir una herida identitaria profunda, especialmente cuando la víctima percibe que debe renunciar a una parte de sí misma para ser aceptada.
El papel de la escuela: prevenir, detectar e intervenir
Los centros educativos tienen una responsabilidad decisiva en la prevención del acoso discriminatorio. No basta con reaccionar ante los incidentes más graves. Hace falta construir una cultura escolar clara, coherente y activa frente a cualquier forma de racismo, xenofobia, intolerancia religiosa o exclusión cultural.
1. Nombrar el problema con claridad
El centro debe reconocer expresamente que el acoso por origen, etnia, religión o cultura existe y que no se tolerará bajo ninguna circunstancia. Poner nombre a la conducta ayuda a visibilizarla y evita su normalización.
2. Actuar desde la convivencia, no solo desde la sanción
La respuesta debe ser firme, pero también educativa. Es fundamental trabajar con el grupo clase, desmontar prejuicios, promover la empatía y reforzar el respeto a la diversidad.
3. Proteger a la víctima de forma inmediata
Escuchar, acompañar, documentar los hechos y activar los protocolos internos del centro son pasos básicos. La prioridad debe ser garantizar la seguridad física y emocional del menor.
4. Formar al profesorado y al personal educativo
Muchas conductas discriminatorias se minimizan por desconocimiento. La formación específica ayuda a detectar indicadores tempranos y a intervenir con mayor eficacia.
5. Implicar a las familias
La prevención del acoso requiere coherencia entre escuela y hogar. Es importante facilitar espacios de diálogo, orientación y sensibilización para las familias.
La convivencia escolar no se defiende solo corrigiendo conductas; también se fortalece educando contra los prejuicios que las originan.
Qué pueden hacer las familias
Las familias desempeñan un papel decisivo tanto en la detección como en la prevención. Algunas pautas pueden marcar una diferencia importante:
Escuchar sin minimizar
Si un niño o una niña relata burlas, insultos o rechazo relacionados con su origen, su aspecto o su religión, hay que tomarlo en serio desde el primer momento.
Registrar lo ocurrido
Anotar fechas, hechos, mensajes, testigos y cambios observados puede ser de gran ayuda para trasladar la situación al centro educativo.
Comunicar al colegio o instituto
Es recomendable informar cuanto antes a tutoría, orientación, equipo directivo o a la persona responsable de convivencia.
Reforzar la identidad del menor
Es esencial transmitirle que el problema no está en su origen, su cultura, su idioma, su color de piel o su religión, sino en la conducta inaceptable de quien agrede.
Pedir apoyo especializado si es necesario
Cuando la situación afecta al bienestar emocional del menor, puede ser necesario contar con apoyo psicológico o intervención profesional específica.
Qué hacer si un niño o una niña está siendo acosado por su origen o identidad
Ante una situación de posible acoso, conviene actuar con rapidez, pero también con criterio.
Escuchar al menor con calma y sin juzgar. El primer paso es ofrecerle un espacio seguro para que pueda contar lo que está ocurriendo.
Agradecer que lo haya contado. Hablar de acoso no es fácil. Reconocer ese paso ayuda a reforzar la confianza.
Recoger los hechos con detalle. Conviene anotar fechas, lugares, personas implicadas, frecuencia de los incidentes y cualquier cambio observado en el menor.
Informar al centro educativo. Lo recomendable es comunicarlo cuanto antes a tutoría, orientación, equipo directivo o responsables de convivencia.
Solicitar medidas de protección y seguimiento. La intervención no debería quedarse en una conversación puntual. Es importante pedir actuaciones concretas y una revisión continuada de la situación.
Conservar pruebas si existe ciberacoso. Capturas de pantalla, mensajes, audios o imágenes pueden resultar determinantes.
Acudir a servicios especializados si el daño emocional es elevado. Cuando la situación afecta de forma significativa al bienestar del menor, puede ser necesario contar con apoyo psicológico o intervención profesional específica.
En los casos más graves, especialmente si existe discriminación persistente, violencia física, amenazas o vulneración de derechos, puede ser necesario acudir a recursos institucionales de protección del menor, convivencia escolar o asistencia jurídica.
La importancia de una educación intercultural real
La prevención de este problema no puede limitarse a campañas puntuales. Requiere un enfoque educativo sostenido que incorpore la diversidad de manera real en la vida escolar. Eso implica revisar materiales, lenguaje, celebraciones, referentes, actividades y prácticas de convivencia para que todo el alumnado pueda sentirse reconocido y representado.
Una educación intercultural efectiva no consiste únicamente en aceptar que existen diferencias. Supone aprender a convivir con ellas desde la igualdad, el respeto y los derechos humanos. También exige cuestionar estereotipos, detectar sesgos y crear espacios donde cada estudiante pueda desarrollarse sin miedo a ser señalado por su identidad.

Canarias necesita una respuesta educativa consciente y sostenida
En el contexto actual, la convivencia escolar en Canarias exige una mirada más profunda. No basta con condenar el acoso cuando ya ha estallado. También es necesario comprender que ciertos discursos sociales pueden alimentar prejuicios que después se reproducen en el aula. Ignorar esa conexión debilita la prevención; reconocerla permite actuar mejor.
Los niños y niñas no deberían cargar en la escuela con estereotipos sociales que no les pertenecen. Ningún menor debería sentir que tiene que esconder su apellido, su acento, su color de piel, su religión o la historia de su familia para ser aceptado. La escuela debe ser, precisamente, el lugar donde esa protección se garantice con mayor claridad, no donde esa vulnerabilidad se agrave.
Cuando un menor sufre rechazo por su origen, no necesita que se relativice lo ocurrido. Necesita protección, escucha y una respuesta educativa firme.
Lo que está en juego no es solo la convivencia dentro del aula, sino la forma en que una sociedad decide mirar a su infancia cuando esa infancia es diversa. En Canarias, donde la realidad migratoria forma parte del día a día, no se puede permitir que el ruido social termine convirtiéndose en carga para quienes están creciendo.
Un niño no debería tener que explicar su apellido, su acento, su color de piel, su religión o la historia de su familia para sentirse aceptado en el colegio. Tampoco debería aprender demasiado pronto que hay partes de sí mismo que conviene esconder para evitar burlas o rechazo. Cuando eso ocurre, la escuela deja de ser refugio y empieza a parecerse demasiado al lugar del que debería proteger.
Por eso hace falta una respuesta clara, sensible y sostenida en el tiempo. Una respuesta que no mire hacia otro lado, que no banalice ciertos comentarios y que entienda que detrás de muchas conductas repetidas hay algo más profundo que una mala broma. Hay prejuicios, hay aprendizaje social y hay menores que necesitan adultos capaces de poner límites, acompañar y educar.
Cuidar la convivencia también significa hacerse cargo de esto. Significa recordar, cada día, que ningún niño y ninguna niña debería sentirse menos seguro, menos digno o menos bienvenido por ser quien es.
Desde StopBullying Canarias queremos hacer también nuestro pequeño aporte a esta tarea compartida: difundir información útil, generar conciencia, ofrecer orientación y contribuir a que familias, profesorado y comunidad educativa cuenten con más herramientas para prevenir, detectar y afrontar el acoso. Hablar de ello con seriedad, sensibilidad y responsabilidad también es una forma de proteger.